domingo, 2 de julio de 2017

Traduciendo mi esencia a la acción

No demora que alguien sugiera cambiar el nombre de nuestra especie de ser humano a hacer humano, debido al ritmo desenfrenado que vivimos. ¿Qué hacer? Adaptarse es lo que la mayoría ha hecho, con graves consecuencias a la salud, relaciones, propósito personal, etc.

Tal vez, podamos volver a una vida más sencilla o ser capaces de ejercer el autocontrol de nuestro estilo de vida, pero si hacemos eso, ¿cómo garantizar que tiempos después la civilización no vuelva al ritmo presente? ¿O peor?

En la expansión, se dice que se pierde la esencia. En el HACER, se pierde el SCER que cambia de forma y se funde en el acto, pero si miramos a la naturaleza, podemos tener una solución para volver a un estado de satisfacción interior. Al crecer un árbol, la semilla, que es su esencia, desaparece y deja de ser visible para que, en un cierto momento, vuelva a aparecer en los frutos del árbol.

Es decir, cuando recibimos el fruto de la acción que realizamos, volvemos a sembrar la semilla que viene de este fruto que puede ser donar parte de la riqueza o el talento desarrollado a través de esta acción.

Más importante que esa donación está el hacer un acto de reflexión en ese momento, evaluando mis valores y su presencia o ausencia en la acción, realizando por lo tanto un cambio interno para implementar la esencia a la expansión.

En otras palabras, simbólicamente volvemos a sembrar la semilla… Con la reflexión, buscamos mejorar la calidad del árbol que de ahí nacerá, es decir, la calidad de las nuevas acciones.

La reflexión realizada de forma constante y metódica hace que, aunque el ritmo de las acciones no disminuya, la esencia del SER esté presente en el haSER.


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